El destino caprichoso
Echo la vista atrás y recuerdo esos veranos que parecían no tener fin.
Aquellos en los que nuestra rutina preferida no era precisamente dormir.
Aquellas noches en las que solíamos arreglar el mundo apoyados en una mesa de billar con alguna cerveza en nuestro bar preferido.
Aquellas noches que parecían interminables, contando y pidiendo deseos a estrellas más fugaces que la noche de San Juan.
Ese que repetimos miles de veces "no crecer demasiado rápido".
Año tras año nos dimos cuenta de que el destino era un ser despiadado, así que antes de desistir decidimos poner alguna condición. Si crecemos al menos que sea juntos.
Aquellos en los que nuestra rutina preferida no era precisamente dormir.
Aquellas noches en las que solíamos arreglar el mundo apoyados en una mesa de billar con alguna cerveza en nuestro bar preferido.
Aquellas noches que parecían interminables, contando y pidiendo deseos a estrellas más fugaces que la noche de San Juan.
Ese que repetimos miles de veces "no crecer demasiado rápido".
Año tras año nos dimos cuenta de que el destino era un ser despiadado, así que antes de desistir decidimos poner alguna condición. Si crecemos al menos que sea juntos.
Creo que mi odio al destino empezó justo en esa última estrella. Esa que lo cambió todo, que nos cambió a todos.
Nuestro mundo empezó a girar, como gira la tierra sin que nos demos cuenta.
El eje era el mismo pero teníamos diferentes hemisferios. Cuando nos quisimos dar cuenta, mis veranos eran tus inviernos y por mucho que lo intentásemos sólo podíamos cuadrar algunos días de primavera y otoño.
Poco a poco fuimos abandonando a Peter Pan en aquel lugar donde solíamos reír de lo absurdo. Aquel por el que al pasar no puedo evitar que aparezca esa sonrisa de sabor agridulce.
Solíamos decir que lo nuestro era de otro planeta. Y ahora que parecen haber pasado años luz de aquello diré esa frase que tanto odiabas "tenía razón".
Ya nadie hará erizar mi piel al pronunciar mi nombre o cualquiera de las variantes que solías utilizar. Digamos que no suena igual de bien cuando los labios que lo dicen no son los tuyos.
Ya nadie batirá el récord de tiempo haciéndome reír cuando estoy enfadada.
Ni tampoco sabrá en qué demonios estoy pensando con esa facilidad tan odiosa con la que lo hacías tu.
Sigo echando de menos esas manías tuyas que tan nerviosa me ponían. Esa forma en la que recorrías cada centímetro de mí alma desde la puerta. Ni esa forma de conducir tan tuya que me daba ganas de querer besar el suelo al aparcar.
He de confesar, aunque te parezca increíble, que mi corazón salta cada vez que escucho tu nombre. Pero yo, que siempre he sido una anciana en cuerpo joven, acabé asumiendo que si no escucho de ti será porque todo tu nuevo mundo rueda a la perfección, con un nuevo eje y una nueva perspectiva del tiempo. Un día pasaste por mi mundo como un huracán sin freno. Hoy, quiero agradecertelo porque gracias a ti soy la mujer que soy ahora.
Comentarios
Publicar un comentario