El destino caprichoso
Echo la vista atrás y recuerdo esos veranos que parecían no tener fin. Aquellos en los que nuestra rutina preferida no era precisamente dormir. Aquellas noches en las que solíamos arreglar el mundo apoyados en una mesa de billar con alguna cerveza en nuestro bar preferido. Aquellas noches que parecían interminables, contando y pidiendo deseos a estrellas más fugaces que la noche de San Juan. Ese que repetimos miles de veces "no crecer demasiado rápido". Año tras año nos dimos cuenta de que el destino era un ser despiadado, así que antes de desistir decidimos poner alguna condición. Si crecemos al menos que sea juntos. Creo que mi odio al destino empezó justo en esa última estrella. Esa que lo cambió todo, que nos cambió a todos. Nuestro mundo empezó a girar, como gira la tierra sin que nos demos cuenta. El eje era el mismo pero teníamos diferentes hemisferios. Cuando nos quisimos dar cuenta, mis veranos eran tus inviernos y por mucho que lo intentásemos sólo...